
La Giralda de Sevilla no es solo el símbolo más reconocible de la ciudad; es también una huella vertical de una historia compartida con el norte de África. Su parentesco con el minarete de la Kutubía de Marrakech no es casual ni anecdótico: ambos forman parte de una misma visión del mundo, de un mismo lenguaje arquitectónico y de un mismo impulso político y espiritual nacido en el siglo XII bajo el dominio almohade. Mirarlos en paralelo es descubrir un diálogo silencioso entre dos ciudades separadas por el Estrecho, pero unidas por la piedra, la fe y el poder.
Para entender esta relación hay que viajar al tiempo del Imperio Almohade, un movimiento reformista islámico surgido en el Atlas marroquí que, en pocas décadas, extendió su autoridad desde Marrakech hasta Al-Ándalus. Marrakech se convirtió en su capital simbólica y religiosa, mientras Sevilla fue una de sus joyas occidentales, una ciudad estratégica y próspera que merecía un gran templo y un gran alminar. Así nacieron dos torres hermanas: la Kutubía y la Giralda.
El minarete de la mezquita Kutubía, terminado hacia 1158, se alza como el modelo original. Su función era clara: llamar a la oración y marcar el centro espiritual de la ciudad. Con sus proporciones elegantes, su planta cuadrada y su decoración sobria pero refinada, estableció un canon arquitectónico que los almohades repetirían y perfeccionarían. Años más tarde, cuando Sevilla emprendió la construcción de su gran mezquita, la Giralda se concibió siguiendo ese mismo patrón, casi como una variación sobre un tema ya probado.
Ambas torres comparten una estructura esencial: un núcleo macizo rodeado por rampas interiores en lugar de escaleras. Este detalle, tan característico, permitía al almuédano subir a caballo hasta lo alto del minarete, y revela una concepción monumental del edificio, pensada no solo para ser funcional, sino también para impresionar. La sensación de ascenso lento y ceremonial se traduce, hacia el exterior, en una presencia poderosa y serena que domina el horizonte urbano.
En el plano estético, la relación es aún más evidente. Los paños de sebka —esa red romboidal tallada en la piedra— decoran las fachadas superiores de ambas torres, creando un juego de luces y sombras que cambia a lo largo del día. No se trata de una ornamentación recargada, sino rítmica, casi matemática, que refleja el ideal almohade de equilibrio entre razón, fe y belleza. La Kutubía marca el inicio de este lenguaje; la Giralda lo lleva a una escala mayor, adaptándolo al contexto sevillano.
Sin embargo, la Giralda no es una simple copia. Desde su origen, muestra una voluntad de superación. Es más alta, más ambiciosa, y su emplazamiento junto al Guadalquivir la convierte en un faro urbano, visible desde lejos para quienes llegaban a la ciudad. Tras la conquista cristiana de Sevilla en 1248, la torre no fue destruida, sino reinterpretada. Se añadió el cuerpo de campanas renacentista y, finalmente, el Giraldillo, esa figura que da nombre al conjunto y que transformó el antiguo minarete en campanario sin borrar su esencia islámica.
Ahí radica una de las grandes diferencias con el minarete de Marrakech. La Kutubía sigue siendo lo que siempre fue: un alminar islámico en una ciudad musulmana. La Giralda, en cambio, es un edificio mestizo, un palimpsesto histórico donde conviven Al-Ándalus, la Sevilla cristiana y la modernidad. Aun así, su alma almohade sigue intacta, y basta observar su cuerpo principal para reconocer la misma mano, la misma tradición, el mismo impulso que levantó la torre marroquí.
La relación entre ambas construcciones va más allá de la arquitectura. Representan un momento en que el Mediterráneo occidental era un espacio de circulación constante de ideas, artesanos y técnicas. Los maestros que trabajaron en Sevilla conocían Marrakech, y viceversa. No había una frontera cultural rígida, sino un continuo creativo que hoy tendemos a olvidar. La Giralda y la Kutubía son pruebas de esa historia compartida, de una herencia común que desafía lecturas simplistas del pasado.
Contemplar la Giralda sabiendo que su hermana mayor se alza en Marrakech cambia la mirada. Deja de ser solo un icono local para convertirse en un fragmento de algo más amplio: una red de ciudades, torres y creencias que unieron dos continentes. En esa verticalidad compartida, en esa piedra que parece hablar el mismo idioma a ambos lados del mar, se esconde una lección poderosa: las culturas no nacen aisladas, se construyen en diálogo. Y pocas veces ese diálogo ha sido tan bello y tan duradero como en estas dos torres que aún hoy siguen mirándose, aunque el mar las separe.