
Sevilla no se entiende sin el Guadalquivir. No es solo un río que la cruza: es una presencia viva, una arteria histórica que ha marcado su carácter, su economía y su manera de mirar al mundo. Desde los fenicios hasta la Expo del 92, el paso del Guadalquivir por Sevilla ha sido testigo de conquistas, comercio, fiestas y profundas transformaciones urbanas. Y entre esas transformaciones destaca una obra decisiva y, a veces, poco conocida: el Canal de Alfonso XIII, una intervención que redefinió la relación entre la ciudad y su río.
El Guadalquivir llega a Sevilla manso y ancho, tras descender desde la Sierra de Cazorla y atravesar campiñas fértiles. Aquí deja de ser un simple cauce fluvial para convertirse en un escenario urbano. Sus orillas han sido puertos, murallas naturales, zonas industriales, paseos románticos y espacios de ocio. Durante siglos, el río fue la principal vía de entrada y salida de mercancías, personas e ideas. Gracias a él, Sevilla se convirtió en el gran puerto de Castilla y, durante el siglo XVI, en la puerta de Europa hacia América.
Sin embargo, esa misma riqueza traía consigo problemas. El Guadalquivir era imprevisible: inundaciones, meandros caprichosos y un constante arrastre de sedimentos dificultaban la navegación y amenazaban la ciudad. Sevilla vivía de cara al río, pero también le temía. A lo largo del tiempo se intentaron soluciones parciales, pero fue en el siglo XX cuando se acometió una de las obras hidráulicas más ambiciosas de su historia.
El Canal de Alfonso XIII nació con un objetivo claro: mejorar la navegabilidad del río y proteger a la ciudad de las inundaciones. Inaugurado oficialmente en 1926, durante el reinado de Alfonso XIII, este canal supuso la rectificación del trazado natural del Guadalquivir a su paso por Sevilla. Se eliminó uno de los grandes meandros que rodeaban la ciudad por el oeste, creando un nuevo cauce más recto y controlado.
Gracias a esta intervención, el tramo histórico del río quedó convertido en una dársena interior, un espacio de aguas tranquilas que hoy conocemos simplemente como “el río” cuando paseamos por Triana, el Arenal o el Paseo de las Delicias. El cauce activo, el que realmente conduce las aguas hacia el mar, pasó a discurrir por el nuevo canal, alejándose del casco urbano. Esta separación fue clave para reducir el riesgo de inundaciones y facilitar el tráfico fluvial de grandes barcos.
Pero el Canal de Alfonso XIII no solo fue una obra de ingeniería; fue también una apuesta de futuro. Permitió modernizar el puerto de Sevilla, adaptándolo a las nuevas exigencias del comercio marítimo y reforzando su papel económico. A día de hoy, Sevilla sigue siendo el único puerto marítimo de interior de España, una singularidad directamente heredera de aquella decisión estratégica.
La transformación del río cambió también la fisonomía de la ciudad. Espacios antes marginales o industriales comenzaron a integrarse en la vida urbana. Las orillas se llenaron de paseos, jardines y miradores. El Guadalquivir dejó de ser solo un lugar de trabajo para convertirse en un espacio de encuentro. Regatas, cruceros turísticos, terrazas al atardecer y puentes emblemáticos —como el de Triana o el de San Telmo— consolidaron al río como uno de los grandes protagonistas del paisaje sevillano.
Hoy, el contraste entre la dársena tranquila y el canal funcional resume bien la dualidad del Guadalquivir en Sevilla: tradición y modernidad, memoria y progreso. Mientras el canal sigue cumpliendo su papel silencioso, garantizando la actividad portuaria y el control hidráulico, el antiguo cauce se ha convertido en un símbolo emocional. Es el río de las procesiones fluviales, de los reflejos dorados al caer la tarde y de la vida cotidiana que se asoma a sus orillas.
El paso del Guadalquivir por Sevilla y la creación del Canal de Alfonso XIII demuestran que las ciudades no solo se adaptan a la naturaleza, sino que dialogan con ella. Sevilla supo domesticar su río sin perder su esencia, transformando un desafío en una oportunidad. Y así, entre historia y agua, el Guadalquivir sigue fluyendo, recordándonos que Sevilla nació, creció y se reinventó siempre al compás de su río.
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