
Hay ciudades que se explican con mapas y fechas, y otras —como Sevilla— que se entienden mejor mirando sus edificios. En ese relato de ladrillo, cerámica y sombra, un nombre sobresale con fuerza propia: Aníbal González Álvarez-Ossorio (1876–1929). Más que un arquitecto, fue el gran narrador visual de la Sevilla moderna, el hombre que convirtió la tradición en vanguardia y dejó una huella tan profunda que, un siglo después, sigue definiendo cómo la ciudad se mira y se reconoce.
Aníbal González nació en una Sevilla que aún digería el cambio de siglo. Se formó en la Escuela de Arquitectura de Madrid, donde conoció las corrientes europeas del momento, pero regresó con una convicción clara: Sevilla no necesitaba imitar a nadie. Su misión sería otra: reinterpretar su pasado para proyectarlo hacia el futuro.
Esa idea lo llevó a convertirse en el gran impulsor del Regionalismo Andaluz, un estilo que no copia el pasado, sino que lo traduce. Mudéjar, Renacimiento, Barroco… González tomó los vocabularios históricos y los combinó con soluciones modernas, materiales locales y una sensibilidad profundamente urbana. El resultado fue una arquitectura reconocible, cálida y, sobre todo, sevillana.
Hablar de Aníbal González es hablar, inevitablemente, de la Exposición Iberoamericana de 1929, el acontecimiento que transformó Sevilla y la colocó en el mapa internacional. Como arquitecto director del proyecto durante años clave, González concibió no solo edificios, sino un nuevo paisaje urbano.
Su obra cumbre es, sin discusión, la Plaza de España. Más que una plaza, es un manifiesto. Un espacio monumental y acogedor a la vez, donde el ladrillo visto dialoga con la cerámica, el agua y la geometría. El edificio abraza al visitante en un semicírculo simbólico, como un gesto de bienvenida entre España y América. Cada banco provincial, cada azulejo pintado, cuenta una historia compartida. Es arquitectura que se pasea, se contempla y se vive.
Pero su legado en la Exposición no termina ahí. El Pabellón Mudéjar (hoy Museo de Artes y Costumbres Populares) y el Pabellón de Bellas Artes (actual Museo Arqueológico) completan una trilogía esencial. En ellos, González demuestra su maestría para combinar rigor académico y emoción estética, creando edificios que siguen funcionando —y emocionando— cien años después.
Reducir a Aníbal González a la Plaza de España sería injusto. Su influencia se extiende por la Sevilla diaria, la que se cruza camino del trabajo o al doblar una esquina. Edificios como la Casa Nogueira, la Casa Luca de Tena o el Hotel Alfonso XIII (en cuya concepción participó) muestran su versatilidad y su atención al detalle.
En viviendas, palacios urbanos y equipamientos, González aplicó la misma filosofía: belleza funcional, identidad local y una relación armónica con el entorno. Sus fachadas no son simples decorados; son pieles que respiran Sevilla, pensadas para la luz, el calor y la vida social de la ciudad.
La importancia de Aníbal González en Sevilla va más allá de la estética. Su obra construyó identidad. En un momento de dudas sobre el rumbo de la ciudad, ofreció una visión clara y ambiciosa: Sevilla podía ser moderna sin dejar de ser Sevilla.
Hoy, muchas de las imágenes que representan a la ciudad en el mundo —postales, películas, carteles— tienen su firma, aunque no siempre se mencione. La Plaza de España es escenario global; el Parque de María Luisa, su marco natural; los pabellones, hitos culturales. Todo ese conjunto configura una Sevilla reconocible, memorable y profundamente coherente.
Aníbal González murió en 1929, el mismo año en que se inauguró la Exposición que había marcado su vida. Durante décadas, su figura quedó en un segundo plano, eclipsada por los cambios de gusto y las urgencias del crecimiento urbano. Sin embargo, el tiempo ha sido justo. Hoy se le reconoce como uno de los grandes arquitectos españoles del siglo XX y, sin duda, como el arquitecto que mejor entendió Sevilla.
Caminar por la ciudad es encontrarse con él una y otra vez. En cada arco, en cada torre, en cada banco de azulejos hay una idea clara: la arquitectura no es solo construir, es contar quiénes somos.
Y en ese relato, Aníbal González sigue hablando alto y claro.